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VivirEnElMalditomed
Roberto Durán y Julio César

The Big Banana

Sample chapter on Amazon.com

A “deft translation...” Sandra Tsing Loh. New York Times Book Review. An unconventional Honduran actor weaves in and out of Latin American immigrant circles in Manhattan, The Bronx and Queens in the early 1990’s. Story based in part on the life of the translator, as rellyed by the author himself. Krochmal also read the audiobook version of this novel in Spanish. (Roberto Quesada. Arte Público Press, 1999).

Vivir en el maldito trópico

Sample chapter

David Unger. Random House Mondadori, 2005. Set in Guatemala in the 80’s, on the brink of bloody civil war, this translation captures the language of a 2nd-generation Sephardic Jewish Guatemalan family, its playboy protagonist and his business woes with rich strains of Spanish, Ladino as spoken by the Egyptian ancestors, Colombian and even German-inflected Spanish.

Controversial comparative study by boxing historian Chon Romero. Edited by Walter Krochmal. Debunks the myths surrounding Durán and brings Julio César Chávez's accomplishments to full light. This book and its companion, pictured above, by the same team of Romero and Krochmal, the Guantes Golden Album, won the "Boxing Publication o f the Millenium Award" of 2000.

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12

 

La boda se celebró en el Salón Maya del Biltmore, un espacio hexagonal enorme donde colgaban del cielo raso docenas de candelabros en forma de pera. En una época quizá las paredes estuvieron adornadas con escenas del Popol Vuh (de ahí el nombre del salón), pero ahora estaban decoradas con papel tapiz estampado color rojo monarca, como el que usan en los chateaux franceses del siglo XVIII. Las mesas, festoneadas con manteles rojos, flores y finas vajillas, se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Se había invitado a más de mil personas. Quien se sentase atrás iba a necesitar binoculares para ver a la novia y al novio bajo la jupá. El servicio religioso se ofició con la ayuda de micrófonos, amplificadores y altoparlantes pero, como suele pasar en Guatemala, el equipo era demasiado avanzado para los técnicos y al cabo las palabras del rabino Ginsburg chocaban con su propio eco. Incluso donde estábamos sentados nosotros, cerca de la pareja, sólo se oía distorsión.

Puesto que la boda coincidía con su elección a presidente de la comunidad judía, Aarón había decidido no escatimar gastos. Cada hombre invitado recibió un yarmulke de terciopelo, y cada mujer una casita de porcelana con la inscripción grabada: «Marina Eltalef y Daniel Cohen, Por el Sendero del Amor. 21 de diciembre de 1981». Había cajas de chocolates para que todo mundo se los llevara a su casa, y sí, campanitas de vidrio.

Teníamos una selección de tres entradas (rosbif, langostinos a la Newburg, y pato à l'orange) y un raudal interminable de champaña Dom Perignon. La mesa de los postres era magnífica, de una variedad raras veces vista en Guatemala: borrachitos, mousse au chocolat, tartas Linzer y crepas a la suzette que dos chef freían a la carta. Una orquesta de marimba y un conjunto de disco se turnaron amenizando mientras comíamos.

A un lado se presentó un desfile de modas (las últimas compras de El Gran Casbah en Milán y París), y al otro unas patojas indígenas de San Antonio Aguas Calientes bordaban huipiles en telares de mano. El tema,claramente, era el matrimonio entre culturas.

La boda le hizo rivalidad a la ceremonia de inauguración de la Feria Nacional de Guatemala que presentó Jorge Ubico en 1938. Sólo faltó el gran espectáculo de los uniformes, el duelo de artillería y la exhibición ecuestre, quizá unos cuantos animales exóticos de circo.

Me hubiera muerto del aburrimiento sin Esperanza. Llevaba un vestido de gala lavanda sin tirantes, que revelaba buena porción de sus pechos bronceados, y con sus capas de tela plisada que llegaban hasta el piso de parqué. Al cuello llevaba cuatro collares serpentinos de oro, y los aretes grandes le caían hasta la clavícula. Mitad gitana, mitad reina, Esperanza lucía deslumbrante.

Pero no sólo para mis ojos. Desde el momento en que entramos al salón, vi girar cabezas y oí comenzar los cuchicheos. Era la novedad de la noche con sólo su presencia: ¿quién sería la mujer que trajo Marcos Eltalef a la boda de su sobrina? Sería una de sus putillas, o una extranjera que andaba de visita? ¿Por qué no la habíamos visto antes? ¿Su hermano Aarón le habría dado el visto bueno? Eso me imaginaba que decía la gente.

Hasta entre los Eltalef atrajo más atención que Marina. Claro que David y Aarón bailaron con la novia, como yo, pero también hicieron cola dos o tres veces para llevarse a Esperanza a la pista. Yo, tamborileando sobre la mesa con los dedos, me embebecía con todo aquello. Nunca me había sentido tan orgulloso. Hasta Samuel Berkow, que solía estar más a gusto apachando las nalgas que parado, la sacó y la acompañó, hecho todo un caballero, a bailar una pieza, le enseñó unos pasitos vistosos de fostró estilo Hamburgo de 1930, y afirmó con la cabeza en dirección mía. Eso significaba mucho: ella había recibido el visto bueno de sus ojos inmensamente cínicos.

Yo me contenté simplemente con sentarme, beber y ver bailar a Esperanza. Mas cuando la orquesta irrumpió en una versión con marimba de «Cielito Lindo», Felicia vino y me agarró de la mano.

—Es hora de pararte, hermano. —Ya se le había pasado lo de los comentarios que había hecho Samuel la noche del viernes, y se veía que estaba mareada de la felicidad. —¡Entonces ella es la que nos impidió verte aquella última semana en Miami!

—Bueno, yo en realidad...

—Y yo que pensaba que habías perdido todo tu dinero en el crucero y que estabas demasiado avergonzado para visitarnos.

—Yo quería que ustedes conocieran a Esperanza antes, pero no tuve la oportunidad. No tenía sentido presentarla después del viaje en crucero a Bímini

—Yo sé. Siempre has valorado tu privacidad —dijo Felicia, y me apretó la mano.

Dejé de bailar.

—Quería estar seguro en cuanto a Esperanza.

Felicia se rió.

—Por el amor de Dios, Marcos, no soy tu mamá. No necesito una presentación formal, y vos seguro que no necesitás mi aprobación.

—En todo caso.

—Pues es bien despampanante.

Felicia colocó su mejilla contra la mía y seguimos bailando.

—Eso sí.

—Y lo importante, Marcos, es que te quiere. Cualquiera lo nota. Baila con otros pero siempre está volteando la cabeza para mirarte a vos. Me fijé en eso.

—Bueno, pues ahora estamos juntos —me sonrojé.

—Sin contar las citas «de casamentera» de Lonia, Esperanza es la primera de tus novias que conozco desde que andabas saliendo con aquella patoja oriental... Se me olvida cómo se llama...

—Soledad Ocampos.

—La linda Soledad. ¿Te la has encontrado por ahí?

—A veces. Por ahí de vez en cuando.

—¿Se casó?

—Que yo sepa, no.

Felicia retiró la mejilla.

—¿Ella no era amiga de Blackie?

—No, la conocí hace veinticinco años en el Fu Lu Sho.

La música se detuvo y encaminé a Felicia de vuelta a su mesa.

—Sí —prosiguió—, yo acababa de romper mi compromiso con Samuel porque se rehusaba a permitir que nos casara un rabino.

—Terco, hasta en aquella época.

Le saqué la silla a Felicia para que se sentara.

—Estaba enamorada de un judío que no quería ser judío.

—Y yo estaba saliendo con una católica —respondí, y me senté a su lado—. Esto seguro le hubiera encantado a nuestro padre.

Felicia se rió.

—Si se da cuenta de estas cosas, nos mata. Ya de por sí no le simpatizaba Samuel por ser askenazi, por no hablar árabe, y porque el poquito de hebreo que hablaba lo hablaba con fuerte acento alemán. ¿Te acordás cuando rompimos?

La música sonó otra vez. Encendí un cigarro.

—Vagamente.

La cara de Felicia se le miraba como ensoñadora.

—No vi a Samuel durante seis meses. Hasta comencé a salir con su amigo Nachmann, que de verdad me sacaba de quicio, siempre comprándome confites, tocándome con las manos húmedas. Y un día llegó nuestro padre y me dijo que Samuel le había pedido permiso para casarse conmigo. ¿Podés creer? Me dieron ganas de matar a Samuel. Seis meses sin verme y luego propone matrimonio a través de mi padre.

—Así es tu esposo.

—Sí —dijo Felicia, siempre en un ensueño—. Era una persona tan fina en aquel tiempo, al menos conmigo. Ah, yo sabía que tenía un su mal genio, que lo demostraba con el primo, pero a mí siempre me trató con respeto... ¡Y miralo ahora! ¡Un viejo amargado que anda de picapleitos con todo mundo, con todos mis hermanos! Eso me pasa por casarme con un hombre casi el doble de mi edad.

Miré la pista de baile. Aarón estaba en pleno zapateado duro con Esperanza.

—Parecía joven. Todos pensaban que rondaba los treinta.

—Sí, pero ya casi tenía cuarenta y tres.

—Todavía se ve bien.

—Sí, la bilis lo mantiene joven.

Nos miramos y nos reímos. Luego Felicia preguntó:

—¿No me dijiste una vez que Soledad estaba dispuesta a hacerse judía?

—Dijo que lo hacía... si yo me casaba con ella primero.

—Si se convierte, a lo mejor nuestro padre te deja casarte con ella. Digo, con su bendición.

La piel de la cara se me puso caliente.

—Sí, yo sé, pero Soledad y yo tuvimos un desacuerdo terrible —mentí—, y ella se regresó a Quetzaltenango.

—¿Ahí terminó?

—Dijo que quería visitar a su madre, pero yo sospecho que tenía un su ex novio por allá. Creo que acerté porque no me contestó mis cartas. Obviamente no quería volver a verme jamás.

Una vez más comenzaba yo a mentir, nadie me paraba.

—Qué raro. ¿Y ella nunca se casó?

¡Tanta mentira en un santiamén! El conjunto de disco comenzó a tocar una ensalada de Saturday Night Fever. David se acercó a la mesa y sacó a bailar a Felicia. Mientras la música sonaba, me atoré varios escoceses más. Necesitaba a Esperanza, pero ahora estaba a todo valsear con Elías Yarhi. Pobres de sus piecitos.

Estaba sentado y solo. Me deprimió el desparrame, el dinero derrochado en flores y en tanto cachivache sin valor. Además, estaban las montañas de sobras que irían directo a la basura. ¿Esos mendrugos, al menos, le llegarían a los indígenas que habían abandonado sus pueblos para invadir las barrancas que rodeaban Ciudad de Guatemala? Qué irónico: los indígenas despojados de sus ricas y fecundas tierras en el altiplano, ¿para hacer qué? Para esculcar basura, como los zopilotes que rondaban en los huracos de mierda donde los indígenas hacían sus necesidades en las afueras de sus aldeas.

Le di una mirada al salón. Me preguntaba si mis sobrinos y sobrinas sabían lo pobres que habíamos sido, y si lo sabían, ¿qué les importaba? Qué va, con sus clases de piano, de hebreo, de natación; las dietas suntuosas y cheques en blanco para comprar ropa; vacaciones en Estados Unidos; y sí, un chofer que los llevaba para arriba y para abajo, media docena de muchachas para recoger, lavar y plancharles cada prenda. ¡Consentidos malcriados!

¿Pero acaso algo me hacía diferente a mí? ¿Podía hacer yo las de juez simplemente por conservar el recuerdo? Por cierto, yo nada estaba haciendo ya de valor social alguno.

El alcohol, en efecto, estaba curtiéndome el cerebro.

En un parpadear recordé la tiendecita en Antigua que mi padre le había comprado a un chino. El viejo don Samuel le habría pedido prestado a su primo Ezra para comprar ese almacén largo y angosto donde vendíamos hulitos, botones, broches de faja, alfileres y agujas, y carrizos de hilo, todos guardados nítidamente en sus respectivas gavetas y compartimientos.

La tienda quedaba cerca de la Iglesia La Merced, lejos del mercado indígena. Aun así, nuestro padre estaba optimista. Nos sacó a Felicia y a mí de la escuela para que administráramos el almacén mientras él y Aarón se iban de viaje para vender los mismos artículos en Ciudad Vieja, Los Aposentos, hasta en San Lucas y Chimaltenango.

Luego el tío Ezra sugirió que, puesto que Ubico había anunciado planes de dotar de electricidad a la región de Antigua, mi padre debería vender bombillas. Don Samuel, pues, compró bombillas por millares: los pueblos indígenas, que no tenían agua potable, ahora tendrían electricidad.

Así que mi padre recorrió el campo leyéndoles a los indígenas un artículo recortado de La Prensa Libre que anunciaba los planes de Ubico e instándolos a comprar bombillas. Pero eran demasiado sabios, más sabios que mi padre por cierto: compraban una sola bombilla, más por curiosidad, y hasta ahí llegaban.

Cuando el plan de electrificación de Ubico fracasó, a mi padre se le ocurrió otra idea maravillosa. Quería irse a Panamá. Alguien (¿sería Ezra otra vez?) le había metido en la cabeza que Panamá, con el canal, la base militar estadounidense, y su ubicación de puertas a Sudamérica, era el cofre de oro a punto de abrirse. Mi padre se convenció de que podía venderles gabardina y lana de cachemira a los estadounidenses ricos que vivían en la Zona del Canal. Aarón y yo lo acompañaríamos: mi madre, con ayuda de Felicia, administraría el almacén en Antigua y ayudaría a cuidar a David.

Yo tenía como diez años cuando zarpamos de Puerto Barrios en un barco de vapor que iba a rodear el litoral Atlántico. La bodega del barco contenía costales de café tostado, azúcar y frijoles. La cubierta, por otro lado, estaba poblada de Torres de Pisa en miniatura: jaulas con pollos, gallos y chompipes vivos. Recuerdo que dormíamos bajo un toldo de lona cerca de esas jaulas. Cada mañana mi padre se levantaba al amanecer, se ponía el tefilín, y decía sus oraciones matutinas enmedio del cacareo y los graznidos de cientos de aves. Después el barco se averió en algún lugar de la costa de Nicaragua, y tuvimos que esperar tres o cuatro días a que llegara un repuesto de Colón, Panamá. No teníamos pisto, pero nuestro padre de alguna forma encontró suficiente como para bajar a tierra firme y hacer sólo Dios sabe qué, beber y andar con putas. Fue un viaje shuco, apestoso y eterno, y lo único que nos salvó a Aarón y a mí de volvernos locos fue jugar bashika con unos naipes que habíamos traído.

Nuestro padre había vivido en Panamá unos quince años antes y se había medio ganado la vida vendiendo camisas inglesas importadas de tienda en tienda. Pero ahora como que lo sorprendió lo caliente y congestionada que estaba Ciudad de Panamá, inundada de robacarteras, leguleyos, pillos. Terminamos viviendo en una casucha con vistas a un barranco, a seis millas de la mágica Zona del Canal; tan raquítica era nuestra casa que no podíamos jugar en el cuarto de atrás porque los cimientos se hamacaban si corríamos muy rápido. Era el vecindario más desgraciado que yo había visto en toda mi vida. Y después de seis semanas mi madre, Felicia y David se reunieron con nosotros. ¿Por qué? Sólo Dios sabe. Quizá don Samuel se sentía solo. Así que ahora los seis estábamos en Panamá, donde los huevos, unos mojoncitos blancos que se encogían cuando los ponían en aceite, costaban sesenta centavos la docena y un pan molde duro costaba veinte.

Cuando las ventas se extinguieron, mi padre se sentó en casa con la cara en blanco. Se disculpaba de vez en cuando para ir a conseguirse un trago de whiskey o tratar de vender un poco de tela. Yo me ganaba mis centavos triangulando bolas en un salón de billar frecuentado por marineros. Aarón hacía mandados en la ciudad. Mi madre, después de cocinar y limpiar la casa, dejaba a Felicia con David para ir a planchar ropa en la Zona del Canal.

Durante dos meses sobrevivimos a punta de pan, mantequilla y mermelada de albaricoque. Estábamos en quiebra cuando mi padre le escribió a mi tío Ezra pidiéndole dinero para regresar a Guatemala. Cuando lo recibió, empacamos, abandonamos nuestra casucha a media noche y zarpamos en un buque de carga llamado, irónicamente, El Sol de la Medianoche.

El carguero llevaba pollitos y puerquitos a La Libertad en El Salvador. De ahí, emprendimos el viaje de quince horas en bus hasta Ciudad de Guatemala. Ésa fue la última de las tramas descabelladas de mi padre para hacerse rico al instante. Humillado, volvió a trabajar en la tienda de Ezra para saldarle los préstamos. Rolfson me contrató para rellenar de paja espinosa unos costales de algodón (las almohadas de los ladinos), a tres quetzales la semana. Aarón comenzó a trabajar donde Selechnick, empacando bultos de camisas a un quetzal por día. Poco a poco nuestra dieta mejoró hasta que al fin, sí, comenzamos a comer huevos de verdad.

Mis sobrinos y sobrinas, puesto que siempre les han limpiado el culo con el papel higiénico de suave fragancia que fabrica la empresa, nada saben de esto. Parece como si nuestra obligación ha sido la de brindarles a los hijos todo lo que nos hizo falta. Nosotros los Eltalef comenzamos de la nada, de menos que la nada, para llegar a donde estamos: para tener la libertad de perder cinco mil dólares jugando dados o ensartar la verga donde se nos antoje. ¿Qué saben Francisco y Marina del rugido de tripas que no te deja dormir?

—¿Marcos? —Esperanza se inclinó sobre mí, jadeante. El lunar que tenía encima de la boca estaba incandescente—. ¿Estás bien?

No tenía idea de cuánto tiempo había estado perdido en el recuerdo.

—Sólo estaba pensando.

—¿En qué?

Se sentó al lado mío, se sacó el compacto, abrió el espejo de un toquecito y se empolvó la nariz.

—Los buenos tiempos de antes, nada más —me reí disimulado—. La familia.

Esperanza miró sobre el aro de su espejo.

—Me cae bien tu familia, ¿sabés?

—¿Todos ellos?

—Tus hermanos más que nadie. ¡David es todo un caballero!

—Supongo que tenés razón.

Esperanza cerró el compacto y me escudriñó la cara. Comenzó a reírse.

—Marcos, me parece que estás borracho.

Le besé la mejilla y susurré:

—De hecho, sí estoy.

Cada vez que los músicos anunciaban la última, Aarón trotaba hasta la tarima y les daba a los conductores un puñado de quetzales. Esto pasó seis veces y parecía que la fiesta se iba a extender hasta el amanecer.

La pista estaba alfombrada con miles de pétalos de rosa y muchos invitados le llevaron quejas a Aarón y Lonia. Era demasiado peligroso: alguien se iba a romper la crisma.

Nada de crismas: una nariz. La nariz de Lonia. Pasó mientras bailaba frenética con Aarón, espoleando con sus tacones altos que más parecían bisturís. Levantaba los codos, sonriéndole a todo mundo a la vez: la esposa orgullosa del esposo más generoso y más cariñoso de toda Guatemala. El flamante presidente de la comunidad judía guatemalteca. Se habrá resbalado sobre los pétalos, y cuando la vi de reojo ya iba en caída libre. Pudo haberse amortiguado la caída con las manos, pero entonces podría haberse fracturado otra cosa: esas uñas rojas largas y perfectas que tantas horas pasó esmerándose en pintar.

Lo consideró durante un instante (eso sí se le vio en la cara asustada), pero optó por no hacerlo. Pegó los brazos a los costados y cayó de cara, primero la punta de la nariz y después el puente hizo impacto violento contra el piso de parqué.

Las mejillas de Lonia comenzaron a hinchársele de inmediato y la llevaron de prisa al Hospital Bella Aurora. Los invitados que quedaron atrás bañaron con un torrente de pétalos a la novia y al novio mientras se encaminaron sombríos hacia la suite penthouse del hotel.

Esperanza y yo salimos. Se me apechugó mientras esperábamos que el valet nos trajera el carro a la entrada de enfrente. Cantó un gallo bizco tres horas antes del amanecer, y de entre los árboles de hule llegó el olor lejano pero inconfundible de algo que se quemaba.

—Qué hiede —dijo Esperanza. Estaba ahí parada y descalza, con los zapatos en las manos.

—¿Qué será? —pregunté, alejándome de ella.

Uno de los botones dijo:

—Todas las noches como a esta hora huele así, como si Ciudad de Guatemala estuviera ardiendo.

—¿Por aquí hay basurero?

—Sí, don. Detrás de la garita del ejército, a cinco cuadras.

El botones entró al hotel a la carrera.

—Suponés —comencé a decir.

—No es lo que te pensás —dijo Esperanza, jalándome el brazo.

—¿Qué puede ser?

—Abrazame, Marcos. Abrazame fuerte. Tengo frío.

Mientras extendí los brazos para abrazar a Esperanza, no podía sacudirme la sensación de que algo había pasado. Estaba en el aire, y no tenía nada que ver con la nariz fracturada de Lonia.

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